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Faltan días para el Domingo de Ramos

LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS. ADIÓS CAPATAZ, MI CAPATAZ.

El cuerpo está cansando. El tiempo que ha pasado desde que has llegado a la Iglesia parece una eternidad. Has vuelto a envejecer otro año más en una sola tarde de Domingo de Ramos. Todo está culminado y todo está hecho, piensas mientras saludas y abrazas a tus amigos y hermanos en la Casa Hermandad. A algunos los volverás a ver en Cuaresma, a otros, los ves casi a diario, pero a todos te une algo especial.

Ya con la tranquilidad de haber finalizado el trabajo encomendado, te postras en un rincón del salón de Getsemaní, y allí comienzas a retomar fuerzas. También, en ese mismo rincón, como casi todos los años, vuelves a encontrarte con las mismas personas. Comentas el día, las sensaciones, las anécdotas, las Esperanzas de un nuevo Domingo de Ramos…pero este año, esas palabras no sonaron igual. Este año, las palabras de esa conversación sonaban a despedida. A futuro incierto. A incertidumbre. Sonaban a la necesidad de encontrar perdón o justificación a un mal día. Buscaban la necesidad de tener una causa para la despedida que uno nunca quiere que se produzca. Palabras que sonaban a adiós y no a un hasta el año que viene.

Y así ha sido. Ha sido un adiós. Un adiós, muchas veces rumoreado. En muchas ocasiones por malas lenguas ajenas a la Hermandad, que alimentaban un conflicto inexistente. Personas que sin conocer los entresijos de una corporación como la Hermandad de la Oración en el Huerto, se atrevían a hablar por boca de los miembros de sus juntas de gobierno. Lenguas de personas ajenas, que incluso han bebido del elixir de las benditas trabajaderas de San Diego. Pero eso nunca ha sido o fue un problema para él. Y si no lo fue para él, tampoco lo será para mi.

Este adiós, seguramente será lo más conveniente para las dos partes. Una por desgaste, por treinta y tres años de idas y venidas a Sevilla. Por cansancio físico, por edad, por ideas, por muchas cosas más. Y para la otra parte, para la renovación necesaria que necesita la cuadrilla que antaño fue, la envidia de las cuadrillas de Sanlúcar. Porque las cosas han cambiado en la forma de hacerse. Porque a veces, para seguir manteniendo una buena relación, es mejor terminar con ciertas dependencias.

Dejando a un lado la conveniencia y acertada decisión de esta marcha por ambas partes, mi intención con estas líneas no es otra que dar aliento y apoyo a la Junta de Gobierno de la Hermandad por tener que pasar por un momento tan complicado, pero a la par responsable, y por otro homenajear, o hacer valer al capataz, que para mi entender y el de la mayoría de la Hermandad del Huerto, fue el punto de inflexión en el cambio de concepto de cuadrilla que teníamos en Sanlúcar. También, estas líneas las quiero aprovechar para agradecerle el que me permitiera haber sido los pies de la que es mi devoción, mi Virgen de Gracia y Esperanza. Así que ánimo, que seguro que Ella os seguirá guiando vuestros pasos.

En primer lugar, como he dicho, me gustaría dedicar unas palabras a la Junta de Gobierno de mi Hermandad. Casi todos los años hay idas y venidas en los martillos de las cofradías, y parece que nunca pasa nada. Sin embargo, debido a la carga emocional que tiene este adiós, se que no han sido unos días fáciles. La verdad de la historia solo la deben saber los protagonistas, pero en estos días se han dicho muchas cosas, de las cuales algunas, por no decir muchas, no han sido ciertas. Las decisiones se toman, y los toros hay que torearlos en el ruedo y no desde la barrera. El trago amargo ha pasado y todo lo que venga a partir de ahora seguro que será como siempre, bajo la protección del manto de Gracia y Esperanza.

Ahora, mucho se hablará ahora de los últimos años de Manolo Campos Pérez en Sanlúcar, y poco de los principios. De aquellos años de ensayos en el antiguo cinema con una cuadrilla de unos cuantos imberbes que querían hacerse hombres debajo de las trabajaderas. Tampoco se hablará de cómo tuvo que sobreponerse a los comentarios de los inicios al traer a Sanlúcar ese modo de carga de la capital. Es posible que tampoco se hable de que fue él, quien dirigió a la cuadrilla que iban a buscar todos los enamorados del costal cuando subía el carril o pasaba por las calles de su recorrido derrochando gracia por doquier. Todo eso se olvidará, si no se ha olvidado ya. La sociedad actual tiene por costumbre enterrar sus muertos antes que estos mueran. Y a Manolo Campos se le llevaba varios años enterrándolo.

Por supuesto que no todo ha sido bueno. Pero como dijo Nuestro Señor, “Al César lo que es del César…” y lo que ha hecho, habría que reconocerlo y no olvidarlo.

Yo bajo las trabajaderas de Gracia y Esperanza, he disfrutado mucho, muchísimo, pero también he sufrido de igual manera. Lo que ha hecho siempre diferente a esa cuadrilla ha sido el carácter que imponía su capataz. Ni mejor ni peor, simplemente diferente. Se disfrutaba, pero también se sufría, no siempre, pero si muchas veces. Quizás, por el concepto y la escuela de la que provenía, la de Hermanos costaleros sin dos cuadrillas, con relevos escasos, y muchos de ellos provenientes aún de las cuadrillas de asalariados. Quizás también, por el concepto de la vida. Hoy todo se basa en la ley del mínimo esfuerzo, y antes para conseguir algo había que trabajar duro. No me arrepiento nada de haber sido su costalero, me ha ayudado a forjarme en las trabajaderas y a no esconderme nunca. En su contra, podemos apuntar la tardía asimilación de los nuevos conceptos costaleriles. La no comunión con ellos le hizo estancarse en ese tiempo, y que al final, cuando se ha querido dar cuenta, ya no tenía solución.

Yo personalmente voy a echar de menos esas palabras de ánimo capaces de levantar una cuadrilla hundida a la mitad de un recorrido caluroso, y que era capaz de llegar a San Diego con más fuerza con la que salía. También echaré de menos esa manera de ver las cosas y transmitirlas como si fuese de “costero largo y reposao”, como su Señor de la Sentencia. Echaré de manos esas charlas que en los últimos años teníamos cuando se recogía la Hermandad  o cuando nos veíamos por Sanlúcar los días que visitaba a la Virgen, su Virgen de Gracia y Esperanza. Por eso, echaré de menos a mi capataz, porque con sus cosas buenas y sus cosas malas, para mí, fue mi capataz, el que me dio la oportunidad de cumplir un sueño, el que me enseñó a aprender lo que era lo que me gustaba, el que me hizo compartir trabajadera con costaleros comprometidos, el que me hizo sentir parte de un todo,  simplemente, por ser quien me permitió ser los pies de la belleza pálida de San Diego,  mi Gracia y Esperanza. Por todo esto y por lo bueno que hayamos podido sacar de sus años en Sanlúcar, solo puedo decir, Adiós capataz, mi capataz.



Antonio Romero González
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