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Faltan días para el Domingo de Ramos

LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS DE GÓLGOTA21. NOSTALGIA DE UN ANTIGUO COSTALERO DE LA VIRGEN.

Es una noche de mes de agosto, y me dirijo decidido a cambiar el final de esa historia en la que pasar de ser un simple espectador, que siempre se emocionaba con el final de la película, a ser uno de esos protagonistas en un final de ensueño con Ella.

Desconcertado llego a un lugar tan conocido… y parece tan extraño a la vez. Esa sensación de haber vivido tantas y tantas igualás, y hoy, el día que me presento a ella, parece que estoy en otro mundo, en otra dimensión. Parece que esos amigos que tantas veces he visto y ayudado, ni si quiera los conozco. Vivo por unos momentos en una nube, que parece que me aleja del sueño que siempre he tenido.

Si no hubiese sido por esa mano amiga que me calma, podría haber desfallecido en ese mismo sitio. Aunque el hueco que había era para mí, pienso que me quedaré fuera, pero es así… ya no hay vuelta atrás, el sueño se consuma y ya pertenezco a esa cuadrilla, de hombres valientes y blancos corazones.

Llegó la hora de fajarse, en vez de ver como se fajaban, de que me tiren de la ropa, en vez de ser el que la tirara y que el trabajo se quedara en mi imaginación. Ahora, con los nervios de un joven que parece que todavía está jugando a ser costalero, llegó la hora de ser uno de ellos.

Y van pasando los días, los ensayos,… esos ratitos de tertulias, con los que ahora son compañeros de cuadrilla, mientras sigo teniendo esa sensación de estar viviendo en un sueño, el sueño de ser costalero de Ella.

Y llega el 15 de agosto. Los años han pasado lentos, quizás como estaba escrito por las manos de quien dirige nuestras vidas, pero a veces he suplicado que esas horas, que me llevasen hasta la salida, pasen rápido. Pienso muchas veces que tanta ansiedad, tanta ilusión y tanto compromiso, puede que no fuese bueno para la salud…por eso, intento gastar mi tiempo en trivialidades que se han convertido en tradiciones.

Aún faltan algunas horas y voy poniendo sobre mi cama la camiseta blanca en la que aparece Su silueta; el pantalón y los calcetines blancos; la camisa, que me cubra el cuerpo sudoroso al salir del paso; mi medalla con el cordón rojo y blanco que me compró mi madre, siendo un niño, tras un día de la Novena; y dejo en el suelo los zapatos blancos que he limpiado con el mayor esmero posible para poder ser, de una vez, los pies de su Inmaculada Caridad.

Se aproxima la hora, y es el momento de ir a su encuentro, acompañado con los amigos que me acompañan día a día, y que ahora son además compañeros de cuadrilla. Al llegar al patio de Su casa, me uno a todos los que son también costaleros de Ella, con una sonrisa que refleja una felicidad plena porque ya llegó el día esperado por todos.

Pasan los minutos, es el momento de prepararme y meterme bajo el paso. Se oyen las primeras palabras de Jesús Vega, mientras mi corazón se acelera, y al sonar el llamador es el momento de levantar a la Madre de Dios. La banda comienza a tocar “Caridad del Guadalquivir” y, me guste o no me guste habitualmente, me parece en ese momento melodía celestial bajo las plantas de la Señora, mientras bajamos la rampa, sintiendo cada paso que vamos dando y llevarla hasta la misma puerta de la Basílica.

Llegamos a la puerta y, tras quitar las patas al paso, nos colocamos de rodillas para hacer la salida. El nerviosismo del momento no me permite ni colocarme bien, gracias a que un veterano compañero de cuadrilla me templa mis nervios y me coloca bien las rodillas para que pueda sortear la puerta de la mejor forma posible. Poco a poco vamos avanzando suena el Himno Nacional y tras ello “Nuestra Señora de la Caridad Coronada”, me parece seguir viajando en mis sueños pero esta vez es real, es 15 de agosto y soy costalero de Ella.

Avanzamos por Misericordias y en la esquina con calle Descalzas está mi amigo Miguel Bilbao Romero con su familia están esperando, como siempre, a Nuestra Madre mientras Julián Cerdán toca “Macarena” del maestro Emilio Cebrián.

Los minutos van pasando, pasamos por el Convento carmelita, la calle Jerez,…legamos a la Plaza de la Paz y entre el bullicio de sus devotos y las marchas que la banda viene tocando en Su honor, resuenan las campanas de la O anunciando que la Reina de los sanluqueños está pasando junto a la Parroquia Mayor.

Seguimos avanzando por Caballeros y revirar a la Cuesta de Belén, para que las Covachas y los muros y piedras centenarias de la cuesta sigan siendo testigo de la devoción más inmensa hacia María.

Pasamos por Bretones, y sigo inmerso en la nube que me hace viajar entre mis sueños, y llegamos a la Trinidad y que los Dolores de María se encuentren frente a frente con la Gloria de su Caridad, en un momento único y mágico, tan mágico como las horas que voy pasando bajo su paso.

Regina y su Convento, y “ya viene la Caridad por el Carril de San Diego” para llegar a Santo Domingo y adentrarse en una calle Ancha repleta de sanluqueños y foráneos, que llevan horas esperando para verla, darle gracias, pedirle por aquello que necesitan y poner en Sus manos sus vidas, como yo pongo la mías mientras mis labios musitan una oración y mis manos acarician los basamentos de su templete.

Suena una marcha tras otra y mi cuerpo, aunque cansado, sigue lleno de felicidad entre las palabras de aliento de Robles y los compañeros de la cuadrilla. Realmente siento que lo más parecido a estar cerca de Ella en el Paraíso es ser su costalero y vivir lo que estoy viviendo.

Poco a poco se va acabando el día, tras haber pasado por el Carmen y haber subido la calle Ganado, y en la Cuesta de la Caridad, entre el silencio, sigo palpando cada momento y sintiendo cada racheo de mis zapatos, mientras la lágrimas de emoción van brotando de mis ojos al ver cumplido mi sueño.

Llegamos de nuevo a la puerta y, tras pasarla, subimos la rampa que nos llevará para dejarla en Su altar. Todo termina pero la felicidad, que nos da, nos acompaña en el día a día hasta que volvamos a meternos bajo su paso y volver a “recargarnos” de esa felicidad plena que Ella nos regala.

Así año tras año, viviendo los mismos momentos que se convierten en verdaderos ritos, pasando por las mismas calles desde mi casa hasta la Basílica, con los mismos amigos de siempre, y sintiendo la emoción del primer año, del primer día,… Así hasta que todo acabó en la misma puerta de Su Basílica, en su recogida, cuando mi cuerpo me “dijo” que ya no volvería a vivir, cada año, ese sueño, esa magia, esa ilusión…

Ahora que mi costal, mi faja, mi camiseta con Su silueta impresa, mis pantalones blancos,…duermen en el altillo de un ropero de mi casa, sigo soñando con los momentos vividos. Ahora que no podré volver a vivirlo, a sentirlo, a acariciar cada segundo bajo Su paso, vuelvo a soñar en mi imaginación con repetir cada instante vivido, pero siempre me despierto sintiendo que ya no soy su costalero y que esos años y esos momentos quedarán ya grabados en la historia de mi corazón y mi cabeza, para no volverse a repetir.

Ahora solo puedo decir que he tenido la suerte de conocer y compartir cuadrilla con grandes personas como Félix de los Reyes, Antonio Martín, Chico Fernández, su sobrino Edu, Miguel y Jesús Bilbao, Jesús Rey, Aurelio Reyes, los hermanos Pitu, Ricardo Monge, Cantero, Álvaro Humanes y su hijo, Gonzalo Vega, Manolito Franco, El Pico, Currito Taviel, Esteban, Pedro Cabo, Luis Maceas, Paco Ibáñez, y muchos otros que hicieron aún más ilusionantes y grandes los años que pude vivir la oportunidad de ser costalero de la que es Madre de Dios, de Nuestra Señora de la Caridad Coronada.

Juan Fco. López Escobar.
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