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Faltan días para el Domingo de Ramos

LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS. ¿CUANDO HA LLEGADO LA HORA?

Muchas veces nos hacemos esta pregunta, pero nunca queremos contestarla. Siempre tenemos una excusa, un motivo, algún argumento baladí en el que agarrarnos para alagar un poco más nuestra vida costalera. ¿Cuándo llegará la hora de dejarlo? Esa pregunta durante muchos años es pura retórica, pero cuando van pasado los años debajo de las trabajederas ya no es una pregunta al viento ni al infinito, va tomando cuerpo, va siendo más real, muchas veces es algo casi tangible, y eso te asusta.

Con las circunstancias actuales en la que la mayoría de los pasos poseen dos cuadrillas, tus años de experiencia y lo que se sigue aprendiendo cada día que te pones el costal y te fajas para dar una chicotá, crees que podrás alargar un poquito más esta bendita locura. A veces es cierto que te encuentras fuera de lugar. Hay un salto generacional demasiado grande entre tus compañeros de trabajo y tú. A veces llegas a pensar si con la edad que ves en esos chiquillos, que es la que tenías cuando te metiste debajo de un paso por primera vez, estabas preparado para algo así.

Algún que otro año has tenido el intento de dejarlo pero siempre está esa frase de… “el año que viene seguro que es el último”… y al final no lo es. Así año tras año, sintiéndote cada vez más un rara avis, porque te gusta lo que haces, porque empiezas a encontrarte dentro de eso que ahora se llama “aficionados”, pero que a la vez lo haces por devoción, porque eres hermano costalero…en fin, demasiadas comeduras de cabeza para algo de debería ser muy simple. Pero si en esto de los sentimientos las cosas fueran sencillas, quizás no sería tan bonito lo que se siente cuando se hace lo que a uno le gusta.

El pellizco que sentías hace veinte años no lo sientes igual que ahora. Antes la inconsciencia, un corazón virgen en el que dejar huellas, pasiones, sentimientos y vivencias, te daban el deseo de vivir cada ensayo, cada chicotá, cada salida…hoy, ese corazón está marcado por la vida, por el paso de los años, por la pérdida de la gente querida, por los buenos y los malos momentos vividos con tu cuadrilla. Hoy esas ganas de vestir la ropa de costalero te lo dan otros motivos.

Todo eso te ha forjado como costalero y como persona. Se puede aprender mucho y bien de lo que se siente y se vive debajo de un paso. Cuando se bajan los faldones todos los corazones, cada uno con sus experiencias vitales, laten en un solo latido. Toda la fuerza individual se convierte en un grupo, todo lo que sufres, lo sufre tu compañero y amigo. Pero todo esto que tanto quieres, sabías que algún día se iba a acabar.

Y aunque lo supieses, siempre quedaba la posibilidad de que fuese una retirada momentánea. Que fuese solo por un añito o dos. Que en cuanto te sintieses mejor volverías a fajarte, ponerte las zapatillas, la sudadera y a tirarte la ropa como siempre has hecho. Pero hay veces que las retiradas vienen de golpe, aunque te la estuvieras planteando, y sin lugar a que exista posibilidad de volver a dar una última chicotá.

Después de la última arriá de la última salida lo suponías pero no querías creerlo. Un año entero evitando el hablar de igualás, ensayos o salidas, como queriendo evitar lo inevitable, hasta que llegan los días de las reuniones de las cuadrillas y sabes que la realidad no es más que una, y que la última vez que te quitaste el costal fue para siempre.

Aún sin quererlo creer de manera consciente, tu cuerpo lo sabía. Y gozaste de esos últimos minutos como si fueran una eternidad. Cerraste los ojos, paladeaste la marcha, sufriste satisfecho el último esfuerzo en la recogida, saboreaste los últimos pasos racheaos, y sentiste por última vez la trabajera sobre la arpillera y tu cuello mientras arriabas el paso. Cuidaste el ritual de desvestirte como nunca, acariciando el costal por última vez con tus dedos mientras te lo retirabas y lo envolvías en esa faja negra que te ha acompañado durante más de veinte años.

Hoy, un año después, has vuelto a mirar la bolsa de los ensayos. Allí sigue la ropa de costalero. La ropa de trabajo. Tu costal, tus zapatillas y tu faja. Allí están, esperando. Pensando que este año también iba a ser igual que los anteriores, que después de amagar, siempre había una excusa para volver a igualar. Pero no, este año no ha sido así. Este año mi ropa se ha quedado guardada y ya nunca volverá a sentir mi piel la caricia de la trabajadera y la arpillera.

A todos los que han dejado por uno u otro motivo las trabajaderas.
A mis capataces. Manolo, Félix y Álvaro, que me han hecho sentir una persona afortunada por poder vivir mis sueños.
Y a todos y cada uno de mis compañeros, por haberme permitido vivir el esfuerzo, el sufrimiento y la gloria con ellos.

Antonio Romero González
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