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Faltan días para el Domingo de Ramos

LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS DE GOLGOTA 21


17.02.2018
Al entrar en el templo, percibes de inmediato la tenue iluminación que nos arroja un entorno en sepia y un ambiente sutil, exiguo, como cargado de tiempo. Hay edificios eclesiásticos, que han superado las edades y se terminan por situar en un plano atemporal, donde se arrebujan instantes, historias, y hasta emociones ajenas a los siglos. Este es así, Iglesia Mayor en esta Sanlúcar nueva y vieja, que en su Barrio Alto descubre su más existencialista substancia, lo que fue, lo que es y lo quizá sea algún día, desde aquellas estancias ducales, al sueño de poemas y libretos, que sonaran en el genuino género chico, que Luis de Eguílaz dejara en su memoria.
El visitante no puede evitar quedar imbuido en ese tiempo amorfo, y pronto entre colores de frescos, retablos barrocos y descomunales capillas sacramentales, comenzarán a desfilar para su evocación, imágenes de remembranza de emociones sagradas. Aquí tiene su domicilio, el ilustre vecino Lucanus, ese médico de cuerpos y almas, que pese a nacer en la lejana y antigua Antioquía, después de conocer a Pablo y María, se vino a la tierra de la luz, a ser su Patrón, a engañar al tiempo entre legajos, epístolas y requiebros a su amada María, que en esta casa ocupa distintas estancias e impresiones, desde la misma Sagrada Expectación que le da nombre y aventura el inicio, hasta la bella Soledad que todo lo da por finalizado, llenando su orlado pañuelo de infinitas lágrimas.
Entre sus muros, no será extraño encontrarnos con una cofradía olvidada, aquella célebre Sacramental, o la mítica Hermandad de Animas, orgullo de su Parroquia, reflejo de tiempos litúrgicos ora brillantes, ahora extraños. También podremos ver alguna cofradía que finalmente no pudo ser, que se quedó en el momento máximo de lo efímero, lo que ni siquiera dio comienzo, la nada. A su rebufo, imágenes que en su día procesionaban por aquel antiguo barrio de su feligresía, Cristos olvidados que duermen en devociones apagadas, recuerdos de tardes y noches lustrosas, que el tiempo se encargó o se encargará de borrar.
De repente, una luz se hace densa, y su presencia te arrebata. Lo ves a El, imponente, deslumbrante, muerto pero lleno de la vida de la presencia, de la existencia en los corazones ajenos, la vida plena. Cuando Francisco de Ocampo, se trasladó de su Jaén natal a su Sevilla de sus maravillas, no pensaba que engendraría vida eterna en nuestra Sanlúcar, pues eterno es lo que no puede terminar, y la existencia en los demás, no se termina, pues empieza donde acaba, para volver a comenzar en otro corazón. Es la esencia de la devoción, de la espiritualidad, de la santa Vera Cruz.
En estos días, volveremos a poder disfrutar de la grandeza de lo eterno, pues el primer lunes de Cuaresma saldrá y volverá a su recinto sagrado, para recordar a los sanluqueños que tanto tiempo llevan con El conviviendo, que volveremos a rememorar los sagrados misterios de su Pasión, Muerte y Resurrección. Allí, de nuevo la muerte, donde El está, se transformará en la vida que El proporciona. Al final de la jornada, el templo volverá a ese plano atemporal donde se sitúa permanentemente. Es la casa de Dios. Y su presencia se hace notable.

Ricardo F. Monge Hermoso

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