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Faltan días para el Domingo de Ramos

LOS GOZOS Y LAS SOMBRAS DE GOLGOTA 21


20.03.2018
El cofrade va contando su vida en sucesivas Semanas Santas. Desde sus inicios con el roquete o la túnica de nazareno, a su posterior paso por las trabajaderas,o sus pinitos en Juntas de Gobierno, sin contar las posibles facetas como acólito, capataz o músico, que de todo hay, para finalmente, algunos al menos, regresar a la túnica nazarena, esencia misma del cofrade.  Cada caso será especial y las combinaciones de sucesos únicas. Habrá momentos dorados o felices y otros, como no, desafortunados o tristes. Será una vida, dentro de otra vida, que circula en paralelo para de cuando en cuando, hacerse líneas secantes o divergentes, creando el dibujo vital de cada uno. A lo largo de ese ciclo mágico, encontraremos infinidad de compañeros de viaje, que se irán sucediendo, yendo, viniendo, o hasta volviendo, en sucesivos lances que se irán repartiendo en el tiempo. Ese tiempo, oras enemigo, oras aliado, nos hará llegar a un momento en que empecemos a echar de menos muchos rostros que han ido quedando atrás, fuera de este mundo. Eran buenos cofrades, que por un motivo u otro han dado por finalizada esa vida, o tal vez, hayan tomado otros derroteros, en una estudiada equidistancia con el mundo cofrade, aunque no del todo con la Semana Santa.
Suelo tener muy presentes unas palabras del Pregón del Costalero de nuestro buen amigo y compañero de web Antonio Romero, donde se refería a las mariposas en el estómago del costalero, camino del Templo para la Salida, y como era oportuno, el día que se dejan de sentir, pensar en una inevitable retirada. ¿Qué ocurre pues, cuando realmente de se dejan de sentir las mariposas en el estómago?, ¿qué pasa el día en el que las realidades cofradieras se nos empiezan a hacer pesarosas y hasta incordiosas? ¿qué se hace cuando se empieza a sentir uno fuera de sitio, desubicado o hasta ajeno? Ese tiempo, que se puede vender pero no comprar, es en muchas ocasiones moneda de curso legal en las cofradías, y para muchos es un precio que se hace demasiado caro. Ese tiempo, ingrato acompañante, puede llegar a mostrar que ese mundo de fe y caridad que ansiamos, se nos muestra por el contrario, más como objeto de egos, personalismos e intrigas. También el tiempo, verdugo como es de inocencias, nos hace reconocernos como esclavos del tópico, de lo efímero o de lo superficial, dándonos de bruces con mucha mentira, donde buscábamos verdad, y el sentido de la fe y sus emociones nos terminan por parecer lejanas.
El caso, es que el tiempo en su inexorable paso, hace que vayamos perdiendo la pista sin saber porque, de muchos amigos y compañeros de fatigas, que en la mayoría de los casos, alguna excepción hay, no volverán. Por lo general, tendemos de forma creo que un poco impertinente, a culpabilizar a los mismos implicados, haciendo gala como cofrades que somos de total ausencia de autocrítica y de la más mínima comprensión. A veces, te encuentras con alguno, y al interesarte por ellos, se disculpan o sueltan evasivas por diferentes motivos y en sus ojos, no ves el ansia de lo que ha de llegar. En sus estómagos, no baten alas las mariposas de la emoción.
Sin embargo, de cuando en cuando, el tiempo se te hace aliado, y te encuentras en alguna noche de Semana Santa, en un rincón poco concurrido, a uno de esos viejos amigos, absorto en el devenir de una elegante revirá sobre los pies, y en sus ojos ves el brillo eterno, que solo tienen los cofrades cuando están viendo un paso. Quizá sea cierto que los viejos roqueros nunca mueren. O los cofrades en este caso.

Ricardo F. Monge Hermoso

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